Sala encementada, por José Luis Aliaga Pereira

Calle Dardanelos (antigua), en el distrito de Sucre, provincia de Celendín, escenario de muchos de los relatos de Aliaga Pereira. Calle Dardanelos (antigua), en el distrito de Sucre, provincia de Celendín, escenario de muchos de los relatos de Aliaga Pereira.

"El texto que escribí sobre el último día de vida  de mi padre lo titulé: "Sala Encementada". Si ustedes, queridos amigos, se dan un tiempito podrán comprender el por qué...", nos dice nuestro colaborador José Luis Aliaga Pereira en esta crónica personal y biográfica-familiar.

El relato pertenece al libro Grama Arisca, editado por el Grupo Editorial Arteidea EIRL, en abril de 2013. 

Calle Dardanelos (vista actual) en el distrito de Sucre, Celendín.

Sala encementada

Por José Luis Aliaga Pereira*

CUANDO DON ISMAEL MURIÓ, más que la noticia de su deceso sorprendió lo que dijo a su amigo Abelardo. Ocurrió un lunes al anochecer. El día anterior, para ser más exactos la noche del domingo 16 de febrero del 2000, como si presintiera su muerte, rondó, como nunca, la habitación de su hijo menor que, en esos momentos, se encontraba descansando porque al día siguiente, muy temprano, tenía que salir de viaje. Avergonzado, quizás por estar pasadito de copas, no se atrevió a tocar la puerta para despedirse. 

Don Ismael, lo dijo repetidas veces, no le temía a la muerte ni a cosas abstractas. Cinco años antes de su fallecimiento compró su ataúd, lo guardó en un pequeño cuarto donde colocaba lo que él consideraba importante. Dos años después de comprar el ataúd adelantó sus novenas de difunto. Los pocos que asistieron a este raro evento, dicen que la última novena fue como un verdadero velorio: las señoras, contratadas para rezar, lo hicieron con la misma seriedad con la que siempre realizan estas ceremonias; repartieron pan, café y galletas; y no faltaron los chistes, los chismes y los cuentos de brujas y aparecidos. Mientras el supuesto cadáver caminaba preguntando si gustaban de algo más.

La mañana de aquel fatídico lunes, salió con dirección a la capital de la provincia ubicada a media hora del lugar donde residía. Según contó la compañera de toda su vida, iba a realizar algunas compras; pero, en lugar de ello, se fue a celebrar sus días de profesor jubilado.

El día que don Ismael, de verdad, enlutó a su familia, no apareció para el almuerzo ni para la merienda. Pero este comportamiento, según afirmaron su madre y también su esposa, no tenía nada de extraño. Poco a poco había entregado su vida al alcohol, convirtiéndose en un bebedor consuetudinario. 

Ese mismo día, mientras la esposa preparaba la cena, dos enfermeros de la Posta Médica la llamaron con urgencia. La calle estaba desierta, el silencio y tranquilidad no le hacían pensar nada malo, por lo que la señora bajó apresurada imaginando encontrarlo dormido en completo estado de ebriedad. 

En el centro de salud esperaban a la señora con el cuerpo de don Ismael acostado, boca arriba en la camilla de una destartalada ambulancia.

— ¡Señora! —le dijeron—, don Ismael está muy grave, le rogamos nos acompañe al distrito de José Gálvez que allí se encuentra el médico —luego, sin dejar que mirara el cuerpo de su esposo, la hicieron subir junto al chófer.

El doctor celebraba el cumpleaños de alguien en el segundo piso de una casa, a cien metros de la plaza de armas.

Cuando le avisaron de la urgencia el médico bajó de inmediato y al abrir la puerta posterior de la ambulancia para ver al paciente que requería de sus servicios, exclamó:

— ¡Pero si es don Ismael y está muerto!

En esos instantes, las tenues luces del alumbrado eléctrico del pequeño distrito parpadearon, y los enfermeros no se sorprendieron de lo que aseguró el médico, porque ya sabían el estado del paciente.

La esposa, que esperaba dentro del vehículo, escuchó lo que dijo el médico con claridad; luego se desmayó. 

Pero, como afirmamos al inicio, eso es lo que menos sorprendió al vecindario. Y es que hay situaciones que no requieren ser explicadas por su lógica, ya que encajan sin dificultad en el mundo habitual de nuestras concepciones. Hay otras que no se pueden explicar porque rayan en lo fantástico. 

Ese día, cuando las blandas sombras de la noche envolvían la ciudad, Florencio, un amigo de la familia de don Ismael, luego de ayudar en todos los ajetreos que se dan en estos casos; y cuando el cuerpo del difunto se hallaba velándose en la sala de la casa, salió en busca de Abelardo, amigo y vecino de don Ismael. Al encontrarlo, por el barrio Minopampa, le dijo:

— Abe...., ha sucedido una desgracia.

— ¿Qué ha pasado Florencito? —preguntó Abelardo.

— Ha fallecido Ismael.

— ¿Qué va a ser? No te juegues de esa manera. 

— Por diosito —juró Florencio besándose el índice y pulgar de su mano derecha.

— ¡No me digas! —exclamó Abelardo.

— Es cierto afirmó Florencio. 

— Si es así —se apresuró en hablar Abelardo—, Ismael cumplió su palabra. ¿Cómo lo iba a adivinar?  —se preguntó.

— ¿Cómo así? ¡Explícate! —exigió Florencio.

— ¿Has visto el montón de arena y piedra que hay en el patio de su casa?

— ¡Sí! —respondió Florencio.

— Pues, ayer domingo por la tarde, Ismael me dijo: —Abelardo, quiero que apures el trabajo de encementado de mi sala porque allí me pienso velar.

— ¡Anda...! No te creo —aseveró Florencio—, el médico dijo que murió por asfixia, que se atragantó con un trozo de carne.

— Yo dudo de eso —dijo Abelardo—. Pero, ¿pero, qué hacemos acá? ¡Vamos al velorio!

Don Ismael no se veló en sala encementada, como hubiese querido. Sus familiares, luego de conversar con Abelardo, cumplieron este su último deseo el dia en que celebraron su misa, como es costumbre, pasado el mes de su fallecimiento.

 

Glosario:

* Novenas: Noches de rezos en las que ruegan por el Alma del difunto.

* Encementada: Cubrir con cemento, arena y piedra los espacios del piso.

 

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendin, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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